
La escritora norteamericana Amy Hempel (Chicago, 1951) escribió este cuento como respuesta a un ejercicio que le propuso en la Universidad de Columbia Gordon Lish, más conocido en el mundo literario por ser el editor que recortó y cambio los títulos de todos los cuentos de Raymond Carver, dando lugar así al estilo carveriano minimalista emblema del realismo sucio. Unos años después, en 1985, apareció publicado en el primer volumen de cuentos de autora, Razones para vivir.
Como explico en la carta del mes de septiembre, Lish pedía a sus alumnos que escribieran con alguna emoción intensa en el centro. En esta ocasión (según parece en la primera sesión) les pidió que escribieran sobre su peor secreto, aquello que «desmantela la propia imagen de una misma». Ella buscó su epicentro en el dolor por no haber sabido qué palabras decirle a su mejor amiga mientras ella, a quien además está dedicado el cuento, moría de cáncer en el hospital.
El relato apareció unos años después, en 1985, dentro de su aclamado primer libro de cuentos titulado Reasons to Live (Razones para vivir), publicado bajo la tutela de Lish y con ese estilo, marca de la casa (de la autora y del editor), sobrio, fragmentado, minimalista y directo.
Hoy en día es ella quien da clases de escritura creativa (según la Wikipedia, coordina el curso de escritura del College de Brooklyn de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, e imparte clases de escritura creativa en la Universidad de Princeton).
Comparto el cuento en su traducción en castellano y más abajo, la versión original en inglés.
En el cementerio donde está enterrado Al Jolson
Amy HempelPara Jessica Wolfson
—Cuéntame cosas que no me importe olvidar —dijo ella—. Que sean banalidades; de lo contrario, déjalo.
Empecé. Le conté que los insectos vuelan cuando llueve y que nunca se mojan porque no les cae una sola gota encima. Le conté que nadie en Estados Unidos había tenido un magnetófono antes de que Bing Crosby se comprase uno. Le conté que la luna tiene forma de plátano… que, cuando la vemos llena, la estamos viendo de canto.
La cámara hizo que me cohibiese y me callé. Nos enfocaba desde un soporte instalado en el techo, como esas cámaras que utilizan en los bancos para fotografiar a los ladrones. Nos enfocaba para dirigir la señal a las enfermeras que estaban al fondo del pasillo en la Unidad de Cuidados Intensivos.
—Sigue, chica —dijo—. Ya te acostumbrarás a ellas.
Tenía público. Seguí. ¿Sabía ella que Tammy Wynette había cambiado la letra de su canción? En serio. Que ahora canta «Apoya a tus amigos» en vez de «Apoya a tu hombre». Que Paul Anka había hecho lo mismo, le dije. Ahora canta «Vas a tener un hijo nuestro», en vez de «Un hijo mío». Que estaba ya harto de las quejas de las feministas.
—¿Qué más? —me preguntó—. ¿Sabes algo más?
Oh, sí.
Para ella siempre sabría algo más.
—¿Sabías que la primera vez que enseñaron a hablar a una chimpancé mintió? Cuando le preguntaron quién se lo había hecho en la mesa de trabajo, dio por señas el nombre del limpiador. Y cuando la presionaron, dijo que lo sentía mucho, que en realidad había sido el director del proyecto. Pero ella era madre, de modo que me imagino que tendría sus razones.
—Oh, eso está bien —asintió—. Una parábola.
—Hay más anécdotas sobre esa chimpancé —le dije—. Pero te romperían el corazón.
—No, gracias —y se rasca la mascarilla.Parecemos dos forajidas buenas. Buenas o malas, yo aún no me acostumbro a la mascarilla. Siempre estoy tocando la parte caliente por donde sale, gracias a Dios, mi aliento. Ella está acostumbrada a la suya. Sólo se ata las cintas de arriba. Las otras —como buena profesional que es ya— las deja colgando.
Llamamos a este lugar Hospital Marcus Welby, en honor a la serie televisiva. Es ese edificio blanco con palmeras que aparecía como fondo de los títulos de crédito de aquella serie. Un hospital de Hollywood, aunque, en realidad, está varios kilómetros hacia el Oeste. Fuera del campo visual de la cámara, al otro lado de la calle, hay una playa.
Me presenta a una enfermera como la Mejor Amiga. El artículo es más íntimo que el pronombre posesivo. Me da a entender que ellas son las íntimas, la enfermera y mi amiga.
—Le contaba que en los viejos tiempos tomábamos ginger ale, de la marca Canada Dry, y nos hacíamos a la idea de que estábamos en Canadá.
—Así de tontas éramos —digo.
—Podríais ser hermanas —dice la enfermera.
Me apuesto a que están preguntándose por qué he tardado tanto tiempo en llegar a este sitio tan glamoroso. Pero, ¿se lo preguntan?
No se preguntan nada.
Dos meses, y, ¿cuánto se tarda en llegar en coche?
La mejor explicación que puedo dar es la siguiente: tengo un amigo que trabajó durante un verano en un depósito de cadáveres. Me contaba anécdotas de ese lugar. La que más me impresionó no fue la más horripilante, pero fue la que más me impactó. Un hombre tuvo un accidente y destrozó su coche en la carretera 101, en dirección al Sur. No perdió el conocimiento. Pero se le había desgarrado un brazo hasta el hueso mismo y, cuando lo vio… le dio un susto de muerte.
Es decir, que se murió.
De modo que no me había atrevido a mirar más de cerca. Pero ahora lo hago, y espero sobrevivir.Se sacude una mantita de verano, dejando al descubierto una pierna que no querrías ver por nada del mundo. Si exceptuamos eso, al mirarla comprendes que la ley exija que haya dos personas con el cuerpo en todo momento.
—He pensado en algo —dice—. Lo pensé anoche. Creo que aquí hace muchísima falta, y con urgencia. Ya sabes, que alguien lo haga por ti cuando no puedes hacerlo tú misma, pongamos por caso. Les llamas siempre que quieras… Por ejemplo, cuando no hay más remedio.
Coge el teléfono de la mesilla y se enrolla el cable alrededor del cuello.
—¡Mira! —exclama—. Fin del trayecto. —Sigue hablando, aunque aturdida por algo. Pero no sé por qué—. No consigo acordarme —me asegura—. Según la psiquiatra Kübler-Ross, ¿qué paso venía después de la Negación?
Creo recordar que el siguiente era la Ira. Después venían el Regateo, la Depresión y así sucesivamente. Pero me guardo mis suposiciones.
—Lo único que falta saber es… cuándo viene la Resurrección. Dios sabe que me gustaría hacerlo según mandan los cánones. Pero esa psiquiatra omitió la Resurrección.Se ríe y me aferro a esa risa de la misma manera en que alguien colgado sobre un barranco se aferra a la cuerda que le lanzan.
—Cuéntame lo de la chimpancé que habla con las manos. ¿Qué hacen cuando el experimento termina y la chimpancé dice «No quiero volver al zoológico»? —como no contesto, añade—: Vale, entonces cuéntame otra historia de animales. Me gustan las historias de animales. Pero que no sea morbosa…, no quiero saber nada de perros guías que se quedan ciegos.
No, no pensaba contarle ninguna historia morbosa.
—¿Qué te parece una de perros para sordos? —le pregunto—. No están perdiendo audición, pero están volviéndose muy críticos. Por ejemplo, está la de ese perro labrador de Nueva Jersey que despierta a la madre sorda y la arrastra al dormitorio de su hija porque la niña está leyendo con una linterna debajo de las sábanas.
—Me estás matando —dice—. Sí, estás matándome del todo.
—Dicen que los perros inteligentes obedecen, pero que los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer.
—Sí, los más inteligentes saben cuándo deben desobedecer. Ahora mismo, por ejemplo.Está flirteando con el Buen Doctor, que acaba de entrar. A diferencia del Mal Doctor, que comprueba el gotero antes de dar los buenos días, el Buen Doctor dice cosas como «Dios no les dio a los epilépticos un tembleque elegante». El Buen Doctor se adjudica puntos por los minusválidos que podría haber atropellado en el aparcamiento. Como el Buen Doctor está un poco enamorado de ella, dice que quizás un año. Acerca una silla a la cama y sugiere que a lo mejor me gustaría pasar una hora en la playa.
—Cuando vuelvas, tráeme algo. De la playa o de la tienda de regalos —me dice—. Aunque sea feo.
El médico corre la cortina de la cama.
—¡Espera! —grita ella.
Me asomo.
—Cualquier cosa, salvo una suscripción a una revista.
El médico aparta la mirada.
Veo que su boca esboza una sonrisa.Con frecuencia, lo que parece peligroso no lo es…, como, por ejemplo, las serpientes negras o las turbulencias en un cielo despejado. Mientras que las cosas que están ahí mismo, como esta playa, están cargadas de peligros. Un polvo amarillo que asciende de la tierra, el calor que hace madurar los melones por la noche… Son señales inequívocas que presagian terremotos. Puedes estar sentada aquí, trenzando tranquilamente los flecos de tu toalla, y la arena, de repente, te traga igual que un reloj de arena. El aire brama. En los apartamentos baratos de la costa, las bañeras se llenan solas y los jardines se levantan y se enrollan igual que olas verdes. Si no ocurre nada, el polvo irá a la deriva y el calor aumentará hasta que el temor se convierta en deseo. Sólo una catástrofe puede apaciguar esos nervios.
—Nunca se da cuando piensas en él, ¿verdad? —comentó una vez—. Terremoto, terremoto, terremoto.
—Terremoto, terremoto, terremoto —repetí yo.
Y no nos cansábamos de decirlo, como el aviofóbico que mantiene el avión en el aire con sus oraciones, hasta que una réplica resquebrajó el techo de la habitación.
Aquello ocurrió después del terremoto grande del 72. Estábamos en la universidad. Nuestro dormitorio se encontraba a ocho kilómetros del epicentro. Cuando terminó el corrimiento y mi pulso farfullero empezó a desacelerarse, ella hizo un bebedizo mezclando cinco partes de champán con una de zumo de naranja, y bromeó con la idea de vivir en Ocean View, Kansas. Le ofrecí llevarla en coche a Hawai, con arreglo a las teorías del nuevo mundo que, según pronosticaban los videntes, afloraría para la próxima vez, o la siguiente.
Ahora no podría decir esa palabra… siguiente.
—¿La siguiente de quién? —podría haberme preguntado ella.¿Era yo la única en percibir que los expertos habían dejado de decir si y ahora hablaban de cuándo? Desde luego que no. Los temerosos podían contarse por miles. Observábamos a los escarabajos japoneses, a la busca de algún cambio en su comportamiento. Cualquier cambio podría significar una intensificación de la violencia natural.
Quería que ella tuviese tanto miedo como yo. Pero me decía:
—No sé, pero el caso es que no tengo miedo.
No le tenía miedo a nada, ni siquiera a volar.
Cuando tengo que viajar en avión, sueño que nos abrochamos el cinturón y que el avión avanza por la pista. Despega a unos cincuenta y cinco kilómetros por hora, y después ya estamos en el aire, rozando las copas de los árboles. Aun así, llegamos puntualmente a Nueva York.
Es muy agradable.
Una noche volé a Moscú de esa manera.Sólo una vez había volado ella conmigo. Aquella vez que voló conmigo, comía nueces de Macadamia mientras las alas pegaban botes. Sabe que la punta de las alas puede inclinarse nueve metros hacia arriba o hacia abajo sin que el avión se caiga. Ella se lo cree. Confía en las leyes de la aerodinámica. Mi mente se desbarajusta. Me cuesta trabajo aceptar que un buque de guerra flote, ya que todo el mundo sabe que el acero se hunde.
Ahora veo miedo en su cara, y no voy a procurar ahuyentárselo. Hace bien en tener miedo.
Después de un temblor, las noticias de las seis emiten la secuencia de una película en la que un grupo de alumnos de primer grado, a instancias de su maestra, amonestan al patio de recreo destrozado.
—Tierra mala —gritan, porque la ira es más fuerte que el miedo.Pero hoy la playa está calma. Aquí todo el mundo está sedado, adormecido o parece indiferente. Las adolescentes se ponen unas a otras aceite de coco en las zonas del cuerpo a las que resulta difícil llegar por una misma. Huelen a esencia de copra. Abren con dificultad las polveras que parecen conchas de almejas. Los espejos atrapan el sol y arrojan un haz de rayos blancos sobre los hombres satinados. Las chicas se adornan el pelo húmedo con flores de seda con arreglo a lo que aprendieron en la revista Seventeen. Posan.
Unos tipos detienen sus coches tuneados para observarlas y de paso se toman unas cervezas. Se vuelven ruidosos cuando las chicas comprueban las líneas del bronceado. Cuando se les acaba la cerveza, se largan, alardeando de sus coches, bulevar arriba.
Sobre esta salud agresiva se alzan las terrazas gemelas de hierro forjado de Palm Royale —pintadas en un tono rosado igual que el de los flamencos—, donde cada vez que cambian las sábanas se muere alguien. Hay una ambulancia en la entrada de coches, y los residentes que aún quedan están asomados a los balcones, inquietos y en silencio, inclinados hacia adelante.
El océano que contemplan es peligroso, y no sólo por la resaca. Casi pueden verse los coletazos de los tiburones toros, acechantes.
Si ella mirase, podría verlo, podría ver parte de esto, desde la ventana. Sería la primera en decir que qué poco hace falta para que todo se eche a perder.¡Cuando regresé a la habitación había una segunda cama!
El corazón me latió dos veces antes de comprender qué significaba aquello. Entonces se hizo tan patente como un ataúd abierto.
«Quiere que esté con ella en todo momento», pensé. «Quiere mi vida».
—Acaba de irse Gussie, te la has perdido —me dijo nada más entrar.
Gussie es la criada de sus padres, ciento treinta y cinco kilos de narcolepsia. A menudo le dan los ataques ante la tabla de la plancha. Todas las fundas de las almohadas de la familia están ribeteadas de quemaduras.
—Ha tenido que ser un viaje duro para ella —le digo—. ¿Cómo está?
—Bueno, no se ha quedado dormida, si te refieres a eso. Gussie es fantástica. ¿Sabes lo que me ha dicho? Pues me ha dicho: «Cariño, déjate ya de tantas mortificaciones. Sigue rezando, arrodíllate ante el Señor…», yo, que ni siquiera puedo levantarme de la cama.
Se encogió de hombros.
—¿Me estoy perdiendo algo?
—El tiempo presagia terremoto —le contesté.
—Lo mejor que puede hacerse con los terremotos es no vivir en California.
—Un consejo muy útil —le dije—. Hablas igual que el reverendo Ike: «Lo mejor que puede hacerse por los pobres es no ser uno de ellos».
El reverendo Ike nos vuelve locas.
Me di cuenta de que tenía la cara hinchada.
—¿Sabes una cosa? Me siento muy mal. Tengo la intención de dejar de divertirme.
—Los antiguos tenían un dicho: «Hay momentos en que los lobos callan y momentos en que la luna aúlla».
—¿Qué es eso? ¿De los indios navajo? —me preguntó.
—Un graffiti en el vestíbulo de Palm Royale —le contesté—. He comprado el periódico. Te leeré algo.
—¿Aunque no me interese nada?
Lo abrí por la página de trivialidades. Le dije:
—¿Sabías que a los flamencos, cuantas más gambas comen, más rosadas se les ponen las plumas? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías por qué los esquimales necesitan congeladores? ¿Sabías que los esquimales necesitan congeladores porque, si no, de qué otra manera iban a evitar que se les congelara la comida?
Me fui a la página tres, a una sección de noticias de agencia fechada en la ciudad de México. Le leí la noticia titulada HOMBRE ROBA BANCO CON POLLO. Trataba de un hombre que compró un pollo asado en un puesto callejero que había a una manzana del banco. Al pasar por delante del banco, tuvo una idea. Entró y se dirigió a una ventanilla. Apuntó con la bolsa de papel a la cajera y ella le dio los ingresos del día. El olor de la salsa de barbacoa facilitó su captura.Dijo que la historia le había dado hambre. De modo que entré en el ascensor y bajé seis plantas para ir a la cafetería. Regresé con todo el helado que me había encargado. Me tumbé en la cama contigua a la suya. Ambas teníamos las camas regulables elevadas para disfrutar de una visión óptima del televisor. Desperdigamos por las sábanas los envoltorios de los helados y picoteamos almendras tostadas de entre las gasas.
Éramos Lucy y Ethel, Mary y Rhoda in extremis. Las persianas estaban echadas para evitar reflejos en la pantalla.
Vimos una película protagonizada por unos hombres con los que antes creíamos que nos hubiera gustado acostarnos. El de ella era un poli duro que intentaba detener al mío, un violador despiadado que perseguía a camareras especializadas en recepciones.
—Es una buena película —dijo en la escena en que unos francotiradores abatían a los dos.
Yo ya la echaba de menos.Una enfermera filipina entró de puntillas y le puso una inyección. Antes de irse, recogió de la mesita de noche los palos de los helados, suficientes para entablillar a un animal pequeño.
La inyección nos puso soñolientas a las dos. Nos dormimos.
Soñé que ella era una decoradora que estaba arreglándome la casa. Trabajaba en secreto, cantando para sus adentros. Cuando terminó, me condujo, orgullosa, hasta la puerta.
—¿Qué te parece? —me preguntó, mientras me empujaba delicadamente al interior.
Cada viga, alféizar, estante y pomo estaba adornado con banderitas alegres, y unas serpentinas de crespón de color pastel ribeteaban los brillantes espejos.—Tengo que ir a casa —le dije cuando se despertó.
Creyó que por casa quería decir su casa en el Cañón, y tuve que decirle: No, mi casa. Me retorcí las manos de la manera convencional en que lo hace la gente que sufre. Se suponía que yo tendría que ofrecerle algo. La Mejor Amiga. Ni siquiera podía ofrecerle que regresaría.
Me sentí débil y pequeña y fracasada.
También eufórica.
En el aparcamiento me esperaba un descapotable. Una vez fuera de aquella habitación, bajaría a toda velocidad por la Autopista de la Costa, aspirando en el aire un olor a cangrejo. Una parada en Malibú para tomar sangría. La música en aquel lugar sería sensual y ruidosa. Tomaría papaya con gambas y helado de sandía. Después de la cena, reluciría de ansia, zumbaría de calor, vibraría de vida y me pasaría toda la noche despierta.Sin articular palabra, se arrancó de un tirón la mascarilla y la tiró al suelo. Le dio una patada a la manta y se dirigió a la puerta. Debió de haberle dado mucho coraje tener que detenerse para respirar y mantener el equilibrio antes de salir, dando un portazo, de la zona de aislamiento y de la habitación contigua, esa donde había que desinfectarse y ponerse las mascarillas blancas.
Una voz alarmada gritó su nombre, y el personal corrió por el pasillo. Llamaron al Buen Doctor por el interfono. Abrí la puerta, y las enfermeras que estaban en el puesto de enfermería me lanzaron una mirada recriminatoria, como si esa huida hubiese sido idea mía.
—¿Dónde está? —pregunté, y señalaron con la cabeza el cuartito de las medicinas.
Me asomé. Dos enfermeras estaban arrodilladas junto a ella, hablándole en voz baja. Una le sujetaba una mascarilla sobre la nariz y la boca, la otra le masajeaba la espalda con lentos movimientos circulares. Las enfermeras levantaron la vista para ver si yo era el médico… y, como no lo era, siguieron con lo suyo.
—Cariño, ya ha pasado, ya ha pasado —le susurraban.La misma mañana en que la llevaron al cementerio, aquel cementerio donde está enterrado Al Jolson, me matriculé en un cursillo para vencer el miedo a volar en avión.
—¿A qué le tiene más miedo? —me preguntó el instructor, y le respondí:
—A que termine este curso y siga teniendo miedo.Duermo con un vaso de agua encima de la mesilla de noche para así poder ver por el nivel si es el suelo de la costa el que está temblando o si soy yo la que sigue convulsionándose.
¿Qué recuerdo?
Sólo recuerdo las trivialidades que oigo: que la madre de Bob Dylan inventó el tipex, que en una habitación tienen que reunirse veintitrés personas para que haya un cincuenta por ciento de posibilidades de que dos de ellas cumplan año el mismo día. ¿A quién le importa que sea cierto o no? En mi cabeza hay toallas de baño que envuelven esas historias. Nada más se filtra.
Repaso los detalles que aparecerán cuando vuelva a contar todo aquello: un beso a través de una gasa quirúrgica, una mano pálida que corrige la posición de la peluca…
Tomé nota de todos esos gestos a medida que iban ocurriendo, no retrospectivamente…, aunque no sé por qué el hecho de mirar atrás debiera revelarnos más cosas que un simple mirar a.
Es posible que diga que me quedé a pasar la noche.
¿Hay alguien que pueda decir lo contrario?Me acuerdo de la chimpancé, la de las manos parlantes.
En el transcurso del experimento, aquella chimpancé tuvo una cría. Imagínense el entusiasmo que debieron de sentir sus adiestradores cuando la madre, por iniciativa propia, empezó a hablar por señas a su cría recién nacida.
Cariño, bebe leche.
Cariño, juega a la pelota.
Y cuando la cría murió, la madre se inclinó sobre el cuerpo, moviendo sus manos arrugadas con una elegancia animal, formando una y otra vez las palabras: Cariño, dame un abrazo, expresándose con fluidez en el lenguaje del dolor.
Amy Hempel creció entre Chicago y Denver antes de trasladarse, a los dieciséis años, a California, el escenario de la mayoría de sus textos de ficción. Pasó unos años rodeada de desgracias: su madre murió por suicidio y, al poco tiempo, su tía también. Hempel resultó herida en varios accidentes de coche y, unos años más tarde, murió de cáncer su mejor amiga, a quien está dedicado, «En el cementerio donde está enterrado Al Jolson». Por cierto, busqué quién era Al Jonson y para quien tampoco lo sepa, dejo aquí la referencia: «Al Jolson (cuyo nombre real era Asa Yoelson) fue un famoso cantante, comediante y actor estadounidense de origen lituano, considerado una de las grandes superestrellas del espectáculo de la primera mitad del siglo XX. En el famoso cuento minimalista de Amy Hempel «En el cementerio donde está enterrado Al Jolson» (In the Cemetery Where Al Jolson Is Buried, 1983), Al Jolson no es un personaje que aparezca en la trama, sino una referencia geográfica y simbólica. El cementerio al que alude el título es el Hillside Memorial Park Cemetery en Los Ángeles, el lugar real donde está enterrado Jolson».
In the Cemetery Where Al Jolson is Buried
by Amy Hempel
«Tell me things I won’t mind forgetting,» she said. «Make it useless stuff or skip it.»
I began. I told her insects fly through rain, missing every drop, never getting wet. I told her no one in America owned a tape recorder before Bing Crosby did. I told her the shape of the moon is like a banana—you see it looking full, you’re seeing it end-on.
The camera made me self-conscious and I stopped. It was trained on us from a ceiling mount—the kind of camera banks use to photograph robbers. It played us to the nurses down the hall in Intensive Care.
«Go on, girl,» she said. «You get used to it.»
I had my audience. I went on. Did she know that Tammy Wynette had changed her tune? Really. That now she sings «Stand by Your Friends«? That Paul Anka did it too, I said. Does «You’re Having Our Baby.» That he got sick of all that feminist bitching.
«What else?» she said. «Have you got something else?»
Oh, yes.
For her I would always have something else.
«Did you know that when they taught the first chimp to talk, it lied? That when they asked her who did it on the desk, she signed back the name of the janitor. And that when they pressed her, she said she was sorry, that it was really the project director. But she was a mother, so I guess she had her reasons.»
«Oh, that’s good,» she said. «A parable.»
«There’s more about the chimp,» I said. «But it will break your heart.»
«No, thanks,» she says, and scratches at her mask.
We look like good-guy outlaws. Good or bad, I am not used to the mask yet. I keep touching the warm spot where my breath, thank God, comes out. She is used to hers. She only ties the strings on top. The other ones—a pro by now—she lets hang loose.
We call this place the Marcus Welby Hospital. It’s the white one with the palm trees under the opening credits of all those shows. A Hollywood hospital, though in fact it is several miles west. Off camera, there is a beach across the street.
She introduces me to a nurse as the Best Friend. The impersonal article is more intimate. It tells me that they are intimate, the nurse and my friend.
«I was telling her we used to drink Canada Dry ginger ale and pretend we were in Canada.»
«That’s how dumb we were,» I say.
«You could be sisters,» the nurse says.
So how come, I’ll bet they are wondering, it took me so long to get to such a glamorous place? But do they ask?
They do not ask.
Two months, and how long is the drive?
The best I can explain it is this—I have a friend who worked one summer in a mortuary. He used to tell me stories. The one that really got to me was not the grisliest, but it’s the one that did. A man wrecked his car on 101 going south. He did not lose consciousness. But his arm was taken down to the wet bone—and when he looked at it—it scared him to death.
I mean, he died.
So I hadn’t dared to look any closer. But now I’m doing it—and hoping that I will live through it.
She shakes out a summer-weight blanket, showing a leg you did not want to see. Except for that, you look at her and understand the law that requires two people to be with the body at all times.
«I thought of something,» she says. «I thought of it last night. I think there is a real and present need here. You know,» she says, «like for someone to do it for you when you can’t do it yourself. You call them up whenever you want—like when push comes to shove.»
She grabs the bedside phone and loops the cord around her neck.
«Hey,» she says, «the end o’ the line.»
She keeps on, giddy with something. But I don’t know with what.
«I can’t remember,» she says. «What does Kübler-Ross say comes after Denial?»
It seems to me Anger must be next. Then Bargaining, Depression, and so on and so forth. But I keep my guesses to myself.
«The only thing is,» she says, «is where’s Resurrection? God knows, I want to do it by the book. But she left out Resurrection.»
She laughs, and I cling to the sound the way someone dangling above a ravine holds fast to the thrown rope.
«Tell me,» she says, «about that chimp with the talking hands. What do they do when the thing ends and the chimp says, ‘I don’t want to go back to the zoo’?»
When I don’t say anything, she says, «Okay—then tell me another animal story. I like animal stories. But not a sick one—I don’t want to know about all the seeing- eye dogs going blind.»
No, I would not tell her a sick one.
«How about the hearing-ear dogs?» I say. «They’re not going deaf, but they are getting very judgmental. For instance, there’s this golden retriever in New Jersey, he wakes up the deaf mother and drags her into the daughter’s room because the kid has got a flashlight and is reading under the covers.»
«Oh, you’re killing me,» she says. «Yes, you’re definitely killing me.»
«They say the smart dog obeys, but the smarter dog knows when to disobey.»
«Yes,» she says, «the smarter anything knows when to disobey. Now, for example.»
She is flirting with the Good Doctor, who has just appeared. Unlike the Bad Doctor, who checks the IV drip before saying good morning, the Good Doctor says things like «God didn’t give epileptics a fair shake.» The Good Doctor awards himself points for the cripples he could have hit in the parking lot. Because the Good Doctor is a little in love with her, he says maybe a year. He pulls a chair up to her bed and suggests I might like to spend an hour on the beach.
«Bring me something back,» she says. «Anything from the beach. Or the gift shop. Taste is no object.»
He draws the curtain around her bed.
«Wait!» she cries.
I look in at her.
«Anything,» she says, «except a magazine subscription.»
The doctor turns away.
I watch her mouth laugh.
What seems dangerous often is not—black snakes, for example, or clear-air turbulence. While things that just lie there, like this beach, are loaded with jeopardy. A yellow dust rising from the ground, the heat that ripens melons overnight—this is earthquake weather. You can sit here braiding the fringe on your towel and the sand will all of a sudden suck down like an hourglass. The air roars. In the cheap apartments on-shore, bathtubs fill themselves and gardens roll up and over like green waves. If nothing happens, the dust will drift and the heat deepen till fear turns to desire. Nerves like that are only bought off by catastrophe.
«It never happens when you’re thinking about it,» she once observed. «Earthquake, earthquake, earthquake,» she said.
«Earthquake, earthquake, earthquake,» I said.
Like the aviaphobe who keeps the plane aloft with prayer, we kept it up until an aftershock cracked the ceiling.
That was after the big one in seventy-two. We were in college; our dormitory was five miles from the epicenter. When the ride was over and my jabbering pulse began to slow, she served five parts champagne to one part orange juice, and joked about living in Ocean View, Kansas. I offered to drive her to Hawaii on the new world psychics predicted would surface the next time, or the next.
I could not say that now—next.
Whose next? she could ask.
Was I the only one who noticed that the experts had stopped saying if and now spoke of when? Of course not; the fearful ran to thousands. We watched the traffic of Japanese beetles for deviation. Deviation might mean more natural violence.
I wanted her to be afraid with me. But she said, «I don’t know. I’m just not.»
She was afraid of nothing, not even of flying.
I have this dream before a flight where we buckle in and the plane moves down the runway. It takes off at thirty-five miles an hour, and then we’re airborne, skimming the tree tops. Still, we arrive in New York on time.
It is so pleasant.
One night I flew to Moscow this way.
She flew with me once. That time she flew with me she ate macadamia nuts while the wings bounced. She knows the wing tips can bend thirty feet up and thirty feet down without coming off. She believes it. She trusts the laws of aerodynamics. My mind stampedes. I can almost accept that a battleship floats when everybody knows steel sinks.
I see fear in her now, and am not going to try to talk her out of it. She is right to be afraid.
After a quake, the six o’clock news airs a film clip of first-graders yelling at the broken playground per their teacher’s instructions.
«Bad earth!» they shout, because anger is stronger than fear.
But the beach is standing still today. Everyone on it is tranquilized, numb, or asleep. Teenaged girls rub coconut oil on each other’s hard-to-reach places. They smell like macaroons. They pry open compacts like clam-shells; mirrors catch the sun and throw a spray of white rays across glazed shoulders. The girls arrange their wet hair with silk flowers the way they learned in Seventeen. They pose.
A formation of low-riders pulls over to watch with a six-pack. They get vocal when the girls check their tan lines. When the beer is gone, so are they—flexing their cars on up the boulevard.
Above this aggressive health are the twin wrought-iron terraces, painted flamingo pink, of the Palm Royale. Someone dies there every time the sheets are changed. There’s an ambulance in the driveway, so the remaining residents line the balconies, rocking and not talking, one-upped.
The ocean they stare at is dangerous, and not just the undertow. You can almost see the slapping tails of sand sharks keeping cruising bodies alive.
If she looked, she could see this, some of it, from her window. She would be the first to say how little it takes to make a thing all wrong.
There was a second bed in the room when I got back to it!
For two beats I didn’t get it. Then it hit me like an open coffin.
She wants every minute, I thought. She wants my life.
«You missed Gussie,» she said.
Gussie is her parents’ three-hundred-pound narcoleptic maid. Her attacks often come at the ironing board. The pillowcases in that family are all bordered with scorch.
«It’s a hard trip for her,» I said. «How is she?»
«Well, she didn’t fall asleep, if that’s what you mean. Gussie’s great—you know what she said? She said, ‘Darlin’, stop this worriation. Just keep prayin’, down on your knees’—me, who can’t even get out of bed.»
She shrugged. «What am I missing?»
«It’s earthquake weather,» I told her.
«The best thing to do about earthquakes,» she said, «is not to live in California.»
«That’s useful,» I said. «You sound like Reverend Ike—‘The best thing to do for the poor is not to be one of them.’ «
We’re crazy about Reverend Ike.
I noticed her face was bloated.
«You know,» she said, «I feel like hell. I’m about to stop having fun.»
«The ancients have a saying,» I said. «‘There are times when the wolves are silent; there are times when the moon howls.'»
«What’s that, Navaho?»
«Palm Royale lobby graffiti,» I said. «I bought a paper there. I’ll read you something.»
«Even though I care about nothing?»
I turned to the page with the trivia column. I said, «Did you know the more shrimp flamingos birds eat, the pinker their feathers get?» I said, «did you know that Eskimos need refrigerators? Do you know why Eskimos need refrigerators? Did yo now that Eskimos need refrigerators because how else would they keep their food from freezing?»
I turned to page three, to a UPI filler datelined Mexico City. I read her MAN ROBS BANK WITH CHICKEN, about a man who bought a barbecued chicken at a stand down the block from a bank. Passing the bank, he got the idea. He walked in and approached a teller. He pointed the brown paper bag at her and she handed over the day’s receipts. It was the smell of barbecue sauce that eventually led to his capture.
The story had made her hungry, she said—so I took the elevator down six floors to the cafeteria, and brought back all the ice cream she wanted. We lay side by side, adjustable beds cranked up for optimal TV-viewing, littering the sheets with Good Humor wrappers, picking toasted almonds out of the gauze. We were Lucy and Ethel, Mary and Rhoda in extremis. The blinds were closed to keep light off the screen.
We watched a movie starring men we used to think we wanted to sleep with. Hers was a tough cop out to stop mine, a vicious rapist who went after cocktail waitresses.
«This is a good movie,» she said when snipers felled them both.
I missed her already.
A Filipino nurse tiptoed in and gave her an injection. The nurse removed the pile of popsicle sticks from the nightstand—enough to splint a small animal.
The injection made us both sleepy. We slept.
I dreamed she was a decorator, come to furnish my house. She worked in secret, singing to herself. When she finished, she guided me proudly to the door. «How do you like it?» she asked, easing me inside.
Every beam and sill and shelf and knob was draped in gay bunting, with streamers of pastel crepe looped around bright mirrors.
«I have to go home,» I said when she woke up.
She thought I meant home to her house in the Canyon, and I had to say No, home home. I twisted my hands in the time-honored fashion of people in pain. I was supposed to offer something. The Best Friend. I could not even offer to come back.
I felt weak and small and failed.
Also exhilarated.
I had a convertible in the parking lot. Once out of that room, I would drive it too fast down the Coast highway through the crab-smelling air. A stop in Malibu for sangria. The music in the place would be sexy and loud. They’d serve papaya and shrimp and watermelon ice. After dinner I would shimmer with lust, buzz with heat, life, and stay up all night.
Without a word, she yanked off her mask and threw it on the floor. She kicked at the blankets and moved to the door. She must have hated having to pause for breath and balance before slamming out of Isolation, and out of the second room, the one where you scrub and tie on the white masks.
A voice shouted her name in alarm, and people ran down the corridor. The Good Doctor was paged over the intercom. I opened the door and the nurses at the station stared hard, as if this flight had been my idea.
«Where is she?» I asked, and they nodded to the supply closet.
I looked in. Two nurses were kneeling beside her on the floor, talking to her in low voices. One held a mask over her nose and mouth, the other rubbed her back in slow circles. The nurses glanced up to see if I was the doctor—and when I wasn’t, they went back to what they were doing.
«There, there, honey,» they cooed.
On the the morning she was moved to the cemetery, the one where Al Jolson is buried, I enrolled in a «Fear of Flying» class. «What is your worst fear?» the instructor asked, and I answered, «That I will finish this course and still be afraid.»
I sleep with a glass of water on the nightstand so I can see by its level if the coastal earth is trembling or if the shaking is still me.
What do I remember?
I remember only the useless things I hear—that Bob Dylan’s mother invented Wite-Out, that twenty-three people must be in a room before there is a fifty-fifty chance two will have the same birthday. Who cares whether or not it’s true? In my head there are bath towels swaddling this stuff. Nothing else seeps through.
I review those things that will figure in the retelling: a kiss through surgical gauze, the pale hand correcting the position of the wig. I noted these gestures as they happened, not in any retrospect—though I don’t know why looking back should show us more than looking at.
It is just possible I will say I stayed the night.
And who is there that can say that I did not?
I think of the chimp, the one with the talking hands.
In the course of the experiment, that chimp had a baby. Imagine how her trainers must have thrilled when the mother, without prompting, began to sign to her newborn.
Baby, drink milk.
Baby, play ball.
And when the baby died, the mother stood over the body, her wrinkled hands moving with animal grace, forming again and again the words: Baby, come hug, Baby, come hug, fluent now in the language of grief.
for Jessica Wolfson
Brutal Amy Hempel, gracias por este cuento no lo había leído.
Oh, gracias a ti por la lectura, Luisa :). Es muy profundo, y curioso que salió de un taller de escritura, con Gordon Lish, que pedía a los alumnos que escribieran, como quien se confiesa, sobre su peor secreto, aquello que nos avergüenza, aquello que «desmantela la propia imagen de una misma». También les decía: «Tienen que arrancarse el corazón del pecho y dejarlo en la página». Ella lo consiguió en estas pocas páginas. Una belleza. ¡Abrazos!