
Los cuentos de la escritora Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945) revuelven para mí algo que aparentemente estaba ordenado. Me ocurre con su lectura desde que alguien me recomendó «Mi hermana Elba», el cuento que dio título a su primera antología publicada en 1980.
Comparto aquí otro de los cuentos que no he podido olvidar: «Interno con figura». Alguna vez he propuesto en las clases el ejercicio de escribir un relato en torno a un cuadro. O simplemente tratar de describirlo. Este cuento sería un ejemplo magistral. El cuadro en cuestión existe, es de Adriano Cecioni, y sirvió de portada para el volumen que recoge este relato, La habitación de Nona, publicado en 2015.
Su libro más reciente es también de cuentos, su hábitat natural, y se titula Lo que no se ve. Un título que resume para mí su universo: mezcla de lo fantástico, lo amenazante, lo extraño y lo más normal del mundo. Como presiento que debe ser ella.
Fernández Cubas ha sido reconocida por su obra con el Premio Nacional de las Letras Españolas (2023) y el Premio Nacional de Narrativa (2016), entre otros, y acaba de ser distinguida con el V Premio Mediterráneo Albert Camus, que conceden cada dos años las Trobades Camus de Menorca, unas jornadas de pensamiento, arte y reflexión que alimentan el alma y la mente y que este 2026 cumplen su décimo aniversario.
Interno con figura
Cristina Fernández Cubas
El cuadro no es grande. Apenas 28 x 35 centímetros. Y, encima, el marco que le han asignado lo empequeñece todavía más. La primera vez que vine a la exposición, a punto estuve de perdérmelo y pasar de largo. Un hombre alto y corpulento lo ocultaba por completo. Tenía un cuello de toro, que curiosamente arqueaba como un flexo, y un cabezón a juego que adelantaba muy despacio, como si aguardara el momento de embestir el óleo por sorpresa. Seguí, pues, mi recorrido con el programa en la mano. Macchiaioli. Realismo impresionista en Italia. Me detuve ante un Signorini, descubrí a artistas como Fattori o Abbati y, una vez más, me admiré de la perfecta iluminación de la Fundación Mapfre. Pero en lugar de salir volví sobre mis pasos. Lo hago a menudo. Mis visitas suelen ser de ida, vuelta y, de nuevo, ida, con toda la información que haya podido acumular en el camino. Algo así como una N comprimida. Un desplegable de papel con forma de letra. Y esa fue mi suerte. Al volver, el hombre corpulento y de notable presbicia ya no estaba, y pude acercarme al cuadro: Interno con figura.Intentaré describirlo. Una habitación con sólo lo imprescindible. Cama, mesilla de noche, dos sillas, paredes recubiertas con papel pintado… A través de la puerta entreabierta vemos otra puerta. Y junto a la cama, arrodillada o en cuclillas, una niña. La niña es rara. Viste un estricto sayo negro con un pequeño cuello blanco, tiene la cabeza apoyada en la cama y con las manos sujeta un fardo, un lío que probablemente ha hecho ella misma con una sábana. Sabemos, por el volumen, que guarda algo en su interior. ¿O se trata simplemente de ropa sucia? Al lado de la niña y de su sábana vemos una sillita de tijera, tal vez una mesa auxiliar, con una caja abierta que nos parece un costurero. ¿Puede ser entonces que lo que guarda la niña en el bulto sea una labor, una mantelería, unas cortinas que ella misma haya bordado? Puede ser. El cuadro encierra una historia que probablemente nunca desvelemos. Pero si nos fijamos mejor ya no diremos que la niña está arrodillada o en cuclillas, sino agazapada. O, mejor, escondida. Como si tuviera miedo. De algo o de alguien que pueda entrar en cualquier momento por la puerta. Es más, probablemente está tan asustada que, sin dejar de sujetar con fuerza el fardo, ha cerrado los ojos. Si ella no ve, nadie la ve ¡Pobre criatura! Pero antes dije que la niña es rara. E insisto. O más que rara, especial. Me recuerda a un personaje de un cuento que escribí hace poco y al que llamé Nona. Me aproximo despacio, como antes el hombre del cuello de toro. También la niña, al igual que mi personaje, tiene los ojos achinados. O quizá no, quizá se trate únicamente de que, metida de lleno en la táctica del avestruz, los mantiene cerrados con todas sus fuerzas. El peinado es curioso para la época; pelo corto con un amago de cresta punky sobre la frente. Y las orejas… El primer día ya me fijé en las orejas. Son grandes, exageradas para una niña. Recuerdan a gnomos, duendes o trasgos. Aunque no queda claro si esta era la intención del autor. El rostro no tiene rasgos demasiado marcados ni está tan definido como los motivos del papel pintado o el cabezal de la cama de hierro y latón. A lo mejor, se me ocurre de pronto, ni siquiera se trata de una niña, sino de una jovencita, y sólo la notable envergadura de la cama hace que, por contraste, la veamos como una criatura. El severo traje, por otra parte, podría ser el de una institutriz… Pero no. Su cuerpo es de niña. Y si no fuera por el cuello blanco, diría que es una niña de luto riguroso. O tal vez se trate de un desafortunado uniforme. ¿Una hospiciana? Sigo con las mismas dudas de mi primera visita. Y más intrigada todavía.Porque aquí estoy de nuevo. Una semana después. En Madrid, invitada a participar en un taller literario, aprovechando la ocasión para quedarme una noche más y revisitar los Macchiaioli. Hoy mismo regresaré a Barcelona. En tren, como a mí me gusta. Pero ahora dispongo de toda la mañana. Tal vez esté de suerte y alguien, frente a Interno con figura, desvele, con sus comentarios, el secreto de una historia que no he conseguido encontrar en los libros. Ni en Google. Ni preguntando estúpidamente a un empleado que me ha respondido encogiéndose de hombros. No sé más, pues, que lo que sabía hace una semana. El nombre del autor, Cecioni, y la fecha probable, 1867. A ratos, como ahora, pienso que Cecioni, que en otros títulos se muestra mucho más explícito, quiso preservar el misterio del cuarto y de la niña encerrándolos en la vaguedad de un enunciado al uso. O que a lo mejor no existe tal misterio. O si existe, pero el autor, que ha jugado con escalas y proporciones, es el primer sorprendido del resultado… Y ya no pienso más. Oigo murmullos y voces infantiles a mis espaldas. Me vuelvo enseguida. Una instructora muy joven me sonríe con agradecimiento.
—Ya podéis sentaros —les dice a los niños.
Una docena de críos toma asiento ordenadamente en el suelo y yo me aparto unos pasos. Pero no me voy. Me gustan estos grupos. Sus ocurrencias. La habilidad con que las monitoras sitúan época y costumbres señalando detalles y figuras, y los niños, alzando la mano, van poco a poco dándoles palabra y vida. Como si iluminaran los dibujos de un cómic. Divirtiéndose. Pero hoy, además, siento auténtica curiosidad por saber lo que les sugiere el cuadro. Y espero.
—¡Qué cama! —suelta una niña.
Los demás se unen a la sorpresa. Les parece enorme. «Vieja», dice uno. «Antigua», corrige la instructora. Pero nadie habla de lo que yo creía que iban a hablar. De la princesa del guisante y su cama gigantesca. Ni los niños ni la instructora. Tal vez Andersen no conste hoy en los planes de enseñanza o estos niños sean mucho más precisos de lo que era yo a su edad. ¡Cómo comparar una cama de apenas tres colchones con los veinte del lecho gigantesco de la delicada princesa! Me siento de pronto como una estúpida adulta. Y por un momento añoro una infancia que no he tenido. La de estos niños. Sentados tranquilamente frente a un óleo pudiendo decir lo que se les antoje. No lo que los profesores quieran, como en otros tiempos. De alguna forma, sin moverme un milímetro, sin modificar en nada mi postura, acabo de sentarme yo también junto a ellos.—La niña está jugando al escondite con otros niños que no salen en el cuadro… Y aguanta sin respirar para que no la descubran.
—No, no está jugando. Es una ladrona. Lleva todo lo que ha robado dentro de la sábana… Por eso en la habitación no hay casi nada.
—… Y como todavía es pequeña y es la primera vez que roba, tiene un poco de miedo…
—Mucho miedo. Está temblando. Pero no ha robado ni ha hecho nada malo. Lo que le pasa es que…La última en intervenir es una niña pelirroja. Ha empezado a hablar y se ha detenido en seco. Tiene aún los ojos fijos en el cuadro. Lo observa hipnotizada. Sin pestañear. Se diría que no ve lo que vemos los demás. Por lo menos de la misma manera.
—¿Y? —pregunta la instructora—. Continúa, no tengas vergüenza.
No creo que la cría sienta nada parecido a la vergüenza. Pero sí que está emocionada, ignoro por qué. Ahora toma aliento.
—Sabe que quieren matarla —dice al fin. Y sigue con los ojos fijos en el cuadro. Su voz, clara y pausada, me ha impresionado. Y también su actitud. Escruta el óleo como si se tratara de un libro abierto y ella se limitara a repetir algunas frases. La instructora vuelve a la carga.
—¿Quiénes quieren matarla?
Y sonríe. La instructora sonríe pero no así los niños del grupo. Miran a su compañera con los ojos muy abiertos.
—Sus padres —contesta decidida.El silencio que acoge sus palabras no tardará en obrar como una pregunta. Y responde. Sin apartar los ojos del óleo, atenta únicamente a lo que allí se representa, con la misma voz clara y pausada, explica lo que todos queremos saber. Se diría que está hablando sola. La monitora ha dejado de sonreír.
—Está escondida en su cuarto. Con la puerta abierta… La ha dejado así expresamente, para que ellos crean que no hay nadie en la habitación y la busquen en otro lado… Las orejas de la niña parecen grandes pero no lo son. Lo que pasa es que quiere oír si alguien se acerca… Después, cuando esté segura de que ya no hay peligro, se irá de casa. Muy lejos. Y no podrán matarla.Junto a Interno con figura no se oye una mosca. Me asalta la sensación de que no existimos. Como si perteneciéramos a otra realidad. Un círculo invisible para los demás visitantes al que llegan sin embargo el eco de otros pasos y otras voces. Y no sólo el eco. Ahora, como si también mis orejas se hubieran agrandado, distingo con toda claridad comentarios y apreciaciones pronunciados en los lugares más distantes de la sala. Pero nuestro silencio los engulle. Nuestro silencio. Hace rato que me siento parte del grupo.—Pero bueno… ¿Por qué unos padres querrían matar a su hija?
La monitora me ha parecido un tanto nerviosa. Algo está escapando a su control y no sabe cómo remediarlo. Por eso tal vez vuelve a sonreír o, mejor, quiere que los demás pensemos que está sonriendo. Pero todo lo que logra componer es una mueca, un rictus, un falso remedo de sonrisa.
—Porque sabe algo… Ha visto cosas que no tenía que ver.
—Ah, vaya. —La mueca ya no recuerda para nada una sonrisa—. ¿Y qué es lo que ha visto? ¿Qué son esas cosas?Es joven. Seguramente no tiene demasiada experiencia. O, a lo mejor, es la primera vez que se encuentra frente a una interpretación de este calibre. Lo cierto es que la pregunta se le ha escapado. Y ahora se arrepiente. ¿Por qué habrá tenido que interesarse por esas cosas? Mejor no saber en qué consisten. La cría pelirroja duda por primera vez. Parece confundida, como si despertara de un sueño. Baja la cabeza y contesta con un hilo de voz:
—No puedo decirlo…Y cierra los ojos. Igual que en el cuadro. De repente aprecio una simbiosis entre las dos niñas. La cría que tengo al lado y la inquietante figura vestida de negro. Una fusión o una semejanza que van más allá de lo físico. Y vuelvo a momentos atrás, cuando la alumna escrutaba el óleo sin pestañear y a mí me había parecido que estaba leyendo en él. Pero ahora cambio el recuerdo. La niña miraba el cuadro y se veía a sí misma dentro. Como un espejo.—O sea que no puede decirlo. —La joven ha recuperado su aplomo —. Pues bien, lo dejamos ahí… ¿Alguien más quiere hablar? ¿A quién de vosotros se le ocurre otra interpretación de la escena?No sé si lo ha oído mal y se trata de un error, o todo lo contrario: lo ha oído perfectamente y lo ha hecho a propósito. Lo único cierto es que en voz muy alta y en un tono que no admite réplica, la instructora acaba de realizar una significativa transferencia. En cuestión de segundos. Porque ya no es la niña de carne y hueso la que confiesa: «No puedo decirlo», sino la figura de Cecioni desde su curiosa posición junto a una cama quien no puede decirlo. Y si la figura del cuadro se niega a colaborar…, ¿para qué seguir? Puede que la educación no haya cambiado tanto como yo creía, y todo lo que se salga de lo previsto continúe asustando. Por eso intenta devolver las aguas a su cauce. Señala a los críos uno a uno. ¿Tú, quizás? ¿Y tú? ¿Quién no ha hablado hasta ahora? Está claro que les está forzando a intervenir. A borrar con sus palabras cualquier rastro de la inquietud o el desconcierto de hace unos instantes. Uno de los niños, al fin, levanta el brazo:
—Es un chico vestido de chica.
Los demás ríen. La joven también. Ríen con exageración. Una cadena de carcajadas impostadas que yo interpreto como una liberación, un alivio. Supongo que es contagioso. Cada vez son más las cabezas infantiles que se agitan, se echan para atrás o se balancean. Pero supongo también que hay alguien inmune. La cabeza pelirroja, por ejemplo. Porque sigue firme e inmóvil sobre sus hombros. No participa de la fiesta ni presta tampoco atención a lo que pronto añade su compañero:
—Va a una merienda de disfraces, le ha cogido el traje a su hermana mayor sin permiso… Y se esconde porque alguien se acerca. Esta es la versión final. La que triunfa y la que se llevarán todos los niños a su casa. La monitora, muy satisfecha, hace un gesto con la mano para que los alumnos se levanten y se instalen otra vez en el suelo, junto a otro cuadro, justo en la pared de enfrente. Me quedo detrás del grupo todavía un rato. Escucho interpretaciones y ocurrencias. Pero la cría pelirroja, esta vez, permanece callada. No me sorprendo. Ya ha dicho todo lo que tenía que decir en su momento frente a Interno con figura. Frente a un espejo. Ahora no es más que una niña que guarda un secreto.Doy por terminada la visita y entro en la tienda. Compro reproducciones, postales, lápices de colores… El día es triste y plomizo, pero me apetece ir andando hasta Paseo del Prado, recoger la maleta en el hotel y dirigirme sin prisas a la estación de Atocha. Salgo de la Fundación y avanzo unos metros. No muchos, ni siquiera llego a alcanzar la primera esquina. Porque casi enseguida me paro en seco. Acabo de oír un chirriante frenazo seguido de gritos. Muchos gritos. Chillidos infantiles. Y una llamada imperiosa perdida entre bocinazos: «¡¡Cuidado!!».El grupo, otra vez. Ahí están los niños, ahora inmóviles sobre el asfalto como estatuas de piedra. La joven, arrodillada en el suelo, abraza el cuerpo de uno de ellos al que no logro distinguir. Me acerco. Una mujer, a mi lado, comenta que no ha sido nada, un susto. El claxon de algún que otro coche que aún no se ha enterado sigue sonando. Ahora el niño caído, abrazado siempre a la instructora, intenta levantarse con esfuerzo. Parece que cojea un poco. Tiene las rodillas peladas y un poco de sangre en la pierna. Nada para lo que podía haber pasado, oigo cerca de mí. Pregunto por lo que ha pasado, por cómo ha sucedido. Me dicen que son los coches, que van como locos. Que menuda imprudencia sacar grupos de críos a la calle con sólo una responsable. Que el autobús escolar tendría que haberles esperado en la misma puerta y no al otro lado del paseo… Ninguno de los presentes sabe en definitiva lo que ha ocurrido. Les ha pillado por sorpresa, dicen. Y ya no pregunto más. Los accidentes, que yo sepa, siempre suceden por sorpresa.Pero no me muevo aún. El niño —finalmente le veo la cara— es un rubio pecoso, con expresión de susto, que en este mismo instante se pone a llorar. La monitora vuelve a abrazarlo. Miro a sus compañeros, todavía en la acera, y busco a la cría pelirroja. Me cuesta dar con ella porque viste un impermeable rojo con capucha que antes, sentada en el suelo de la sala, no llevaba puesto. Y la veo temblar. Una Caperucita desvalida que acaba de registrar el aviso del lobo. La sorprendo mirando al rubio pecoso con la misma atención con que hace un rato escrutara el óleo de Cecioni. Pero ya no parece hipnotizada. Sólo tiembla. Como si supiera que aquel accidente le iba destinado ; como si se tratara de un simple error, de una pura cuestión de tiempo. Recuerdo sus palabras cuando se fundía con la niña escondida en su propio cuarto: «Quieren matarla». Y ahora soy yo quien, emulando a la monitora, cambio el sujeto verbal y se las atribuyo a ella: «Quieren matarme». Eso es lo que nos estaba diciendo entonces y nos repiten ahora sus ojos redondeados por el espanto. ¿O es estupor? Me gustaría leer los pensamientos de Caperucita. Averiguar si cree que lo que acaba de presenciar es un mero percance, un intento fallido de asesinato, o una fatal advertencia. Aunque en realidad poco importa. Tal vez el crío pecoso se ha lanzado imprudentemente a la calzada, sin mirar, sin calibrar el peligro. Lo que cuenta es el susto. La niña tiembla ante el anuncio de lo que le puede ocurrir. Una de las formas posibles de quitársela de en medio. Un accidente.Llegan al mismo tiempo un coche del Samur y otro de la policía. Intento hablar. Informar de que no sólo el niño atropellado necesita cuidados. Una de sus compañeras está sufriendo un shock; miren cómo tiembla. Pero no llego más allá del obligado «Por favor…». Me instan, como al resto de los curiosos, a romper el corro. A largarme. Ni siquiera puedo ver el rostro de la niña del impermeable por última vez. Un agente de tráfico conduce a los alumnos en fila al otro lado del paseo, al autobús escolar que les está aguardando. Y yo no tengo más remedio que seguir mi camino. Y preguntarme una y otra vez: ¿Qué hago?Me viene de paso. Pocas manzanas antes de llegar al hotel hay una comisaría. Ayer me fijé paseando, creo que en la calle Huertas. O quizás en la siguiente, Moratín. En todo caso tengo tiempo más que suficiente para preparar lo que debo decir. Una niña pelirroja, los Macchiaioli, sus palabras frente al cuadro, el frenazo brusco… Que pregunten al Samur, al coche de sus compañeros. Ellos sabrán el nombre del colegio o de los colegios, si son varios. Porque ahora pienso que quizá se trate de un grupo ocasional, una excursión por distintas salas de arte que ha reunido a alumnos de diversa procedencia. Me pregunto también si la joven es en realidad la profesora de algunos de los niños y trabaja en un centro determinado, o si únicamente ha sido contratada como guía y no conoce de nada a aquellas criaturas. Demasiados interrogantes. Y sobre todo, ¿cómo construir un parlamento coherente con tan pocos datos? Puedo empezar presentándome. «Buenos días. Soy escritora. Mi nombre es…». Pero ni siquiera en la imaginación logro librarme del ridículo. Una loca que se hace pasar por escritora. O una escritora loca, qué más da. Puedo proponer, para evitar equívocos, que busquen mis datos en Google… cosa que seguro no harán, por lo menos mientras esté yo delante. Pero, aunque lo hicieran, aunque constataran que lo que digo es cierto, no por ello me guardarían el menor respeto. Las comisarías tienen que estar llenas de iluminados, médiums, obsesos, desocupados, amas de casa con poderes extrasensoriales o personas tan fantasiosas como yo misma. «Otra que está jugando a Agatha Christie…», eso pensarían de mí. Y, además, ¿en qué iba a consistir la denuncia? Un crimen que todavía no se ha cometido y un matrimonio a quien no he visto en la vida, padres de una niña sin nombre. No me vale. Puedo también excusarme de entrada. Eso estaría mejor. «Sé que no tengo pruebas suficientes, pero me gustaría contarles algo que acabo de presenciar, por si un día…». ¿Un día qué? No creo que en las comisarías vayan sobrados de tiempo ni archiven meras hipótesis bajo el membrete «Por si un día…». Pero continúo: «… si un día se produce un accidente sospechoso, una desaparición, una muerte.., recuerden mis palabras y…». Tampoco me convence. «Señora, cada día se producen accidentes sospechosos, desapariciones, muertes… Lo único que puedo hacer es pedirles paciencia». Y empezar desde el principio. El grupo de críos en la exposición. Los comentarios de la niña pelirroja, su expresión, la sensación de que estaba hablando sólo para sí misma… En el bolso guardo las postales que he comprado en la tienda. Interno con figura entre ellas. Quizá sería conveniente mostrarla y dejarla sobre la mesa para explicarme mejor. Pero sobre todo tengo que dejar muy claro que, al principio, en el interior de la Fundación, aunque las palabras y la expresión de la cría me hayan impresionado, la emoción, entonces, no ha pasado de ahí. Una niña que guarda un secreto. Sólo eso. Hasta que después, ya en la calle, con el crío atropellado en brazos de la instructora y la niña temblando como una hoja, he comprendido que su historia no era ninguna fantasía. Y pasamos enseguida a la descripción. Pelirroja. Entre nueve y once años. Lleva un impermeable con capucha, también rojo… «Ahora nos cuenta Caperucita y después Blancanieves». No, mejor que no mencione el color del impermeable. Mejor que no haga nada de nada, por lo menos mientras me voy acercando a grandes zancadas al hotel —a la comisaría que queda de camino— y la imaginación empieza a jugarme malas pasadas. Porque el inspector, subinspector o último mono que me está atendiendo no facilita en nada mi cometido. No sé por qué me lo he tenido que figurar así. Atlético, musculoso, displicente, y con una prisa notable por volver al gimnasio del que no debería haber salido. Influencia del cine, probablemente. O de las series de televisión, qué más da. Pero así no hay manera. Me cohíbo antes de hablar, de pergeñar cualquier alegato verosímil, y entro en el edificio sin la menor convicción, vencida de antemano. Aunque no todo está perdido. Quiero pensar que no. Imaginemos por un instante que —casualidades de la vida— uno de los numerosos policías que circulan en aquel momento por el vestíbulo me haya leído. O que, por lo menos, sepa de mí. Tal vez no reconozca mi físico, pero sí mi nombre. Y al hacerlo decide encargarse personalmente de mi caso, sea cual fuere. O sea que me atiende. Eso cambia las cosas. Me veo de nuevo excusándome, reconociendo que carezco de pruebas, mostrando la postal de Interno con figura. Todo con gran naturalidad, sin el menor agobio, con la complicidad secreta que suele establecerse entre autor y lector. Pero ¿cómo reacciona el supuesto lector? Sonríe. El policía bueno y predispuesto sonríe:
—Es usted demasiado sensible, por eso es escritora.
No, no me vale. Preferiría algo más profesional.—No tenemos el menor indicio. Palabras ante un cuadro, y el susto mayúsculo al presenciar el accidente de un compañero. Una niña muy emotiva.Tal vez sí. Pero ¿por qué esta ocurrencia de que sus padres quieren matarla? A ella o a la niña del cuadro, da igual. Y el motivo. «Ha visto cosas que no debería haber visto». Eso, al menos, es lo que ha dicho.—¿Y no se le ocurre pensar en qué pueden consistir esas cosas?Sí, claro que se me ha ocurrido, y a la monitora, profesora o guía también se le ha ocurrido. Pero el pensamiento ha pasado rápido como una flecha. Ahora el poli de ficción me ayuda a rescatarlo.
—Lo más probable es que los haya sorprendido en la cama, en acción…, ya me entiende.
Tal vez esté en lo cierto. La pelirroja ha entrado en el dormitorio de sus padres cuando no debía. Ha confundido los transportes amorosos con un forcejeo, una agresión, una pelea sin cuartel… Y el padre, irritado, la ha echado del cuarto con cajas destempladas. O la madre. O seguramente los dos, porque ella los acusa por igual. Sus padres. También es posible que la hayan amenazado con un castigo. Aunque…, ¿la muerte?—Hay niñas con mucha imaginación. ¡Si usted supiera!
Borro al policía-lector de un cabezazo. Tampoco me está sirviendo de mucho. O quizá sí. Quizá lo he estado utilizando ingenuamente para hacerme a la idea de una vez. Aceptar que no tiene la menor importancia el hecho de que yo, en mi primera incursión, franqueara la puerta de la comisaría ya abatida, sin argumentos, sin decisión ni discurso, como si todo estuviera perdido de antemano, porque lo que ocurre en realidad es que todo está perdido de antemano. Ni siquiera el amable policía de ficción, con la buena voluntad que le adjudico, ha podido hacer nada para remediarlo. Niña imaginativa y emotiva. Eso es lo que hay. Cualquier otra cosa, la posibilidad de que lo que la criatura haya podido presenciar o descubrir nada tenga que ver con íntimos juegos de alcoba, no interesa. Aunque (caso meramente hipotético) resulte tan tremendo y vergonzoso que la lleve a temer por su vida.Sigo mi camino. Me repito que, en el fondo, nunca he pensado seriamente en acudir a la policía. Como también que la vida está repleta de espejismos y nada más fácil que descargar la duda sobre inocentes. Y me asusto de mí misma o de lo que hace unos instantes me planteaba llevar a cabo, aunque sólo fuera con la mente. Creer en las posibles fantasías de una niña y señalar con dedo acusador a sus propios padres. Un acto irresponsable que no ha pasado ni pasará de ficción, de pensamiento. Porque ahora abandono Paseo del Prado, alcanzo la calle Moratín —sí, Moratín, no me había engañado la memoria— y distingo a pocos metros la comisaría a la que nunca entraré. En la puerta dos policías están conversando. Y será una ilusión de los sentidos, pero desde aquí, desde la distancia en la que me encuentro, me resultan curiosamente familiares. Uno es alto, arrogante, orgulloso de unos músculos hechos de horas de machacarse en un gimnasio. El otro, en cambio, menudo y sonriente, tiene todo el aspecto de aguardar a que acabe su jornada laboral para ponerse a leer como un poseso.Recojo el equipaje en el hotel —una bolsa que me cuelgo al hombro— y me dirijo a paso rápido a la estación de Atocha. Cuando llego, el Ave está ya en la vía. Corro como no he corrido desde hace años. Al llegar a mi asiento me dejo caer extenuada. Por un momento la idea de perder el tren se me ha aparecido como una catástrofe. Como el fin del mundo. ¡Qué absurdo todo!, pienso ahora. Y lo cierto es que, con el Ave ya en marcha, me siento extrañamente liberada. No me pregunto la razón, pero un gesto mecánico se encarga enseguida de señalarla. Mis manos acaban de desplegar la mesita y han sacado del bolso el sobre donde guardo las postales de la exposición. Las paso una a una con rapidez hasta detenerme en la que me interesa. ¡Y qué curioso me parece ahora! Casi toda la mañana frente al cuadro, y la escena me sigue impresionando como si la viera por primera vez. La habitación desangelada, la puerta entreabierta, la figura agazapada sujetando un fardo, la cama avasalladora… Algo parecido debió de sentir el hombre de cuello de toro a punto de embestir la tela. Sonrío al recordarlo e imitándole pego los ojos por unos segundos a la postal antes de guardarla. Pero no llego a meterla dentro del sobre. Por última vez, a modo de despedida, recupero la mirada de la niña de carne y hueso. Y la arrodillo junto a la cama vestida con su impermeable rojo. De nuevo Caperucita asustada. Ahora es ella la protagonista del óleo. La que teme, se esconde, planea una huida… Y, seguramente, porque estoy viajando a una velocidad de vértigo y Madrid queda cada vez más lejos, me permito volver sobre hipótesis desechadas. Y pienso en lo que tuvo que haber presenciado para que la comprometiera hasta tal punto. En un crimen que solo se pudiese encubrir con otro crimen. En su forma de temblar. En su crisis de pánico. En la seguridad de que se había convertido en un estorbo o en un peligro. Y en los padres. Una pareja sin rostro maquinando en la intimidad del hogar la forma más astuta de quitarse a su hija de en medio.Otra vez en el punto de partida. No hay remedio. La niña se ha enrocado en la habitación desangelada y ya no me queda la menor duda de que el peligro es real y sus temores fundados. Saco papel y pluma del bolso. ¿Una carta? ¿Una carta anónima? ¿Una carta firmada en la que, con la mayor serenidad, cuente paso por paso mis conjeturas? Inútil y ridículo, lo sé de sobra. Pero el papel y la pluma siguen sobre la mesa, junto a la postal, como si me incitaran a continuar, como si todavía esperaran algo… Tal vez por eso, desenfundando la pluma, pienso en un título: «Interno con figura». Y hago lo único que puedo hacer. Escribo un cuento.