
'Jaume Plensa. Materia Interior' - Fundación Telefónica. Madrid, octubre 2024 (Foto: A. H)
Comparto aquí el cuento «El corazón delator», del escritor estadounidense Edgar Allan Poe clasificado en la narrativa gótica, publicado por primera vez en el periódico literario The Pioneer, del amigo de Poe, James Russell Lowell, en enero de 1843.
Con este cuento inolvidable comenzamos este curso el club de lectura «El relat del mes» en la Biblioteca Pública de Maó.
Más abajo lo copio en su traducción al catalán y en el inglés original de Poe: The Tell-Tale Heart.
El corazón delator
Edgar Allan Poe
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen… y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre… Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio… ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado… con qué previsión… con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría… ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente… muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama.
¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente… ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches… cada noche, a las doce… pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás… pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
—¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando… tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena… ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento en la chimenea… o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice —no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado—, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par… y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil.
¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí… ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez… nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas. Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar… ninguna mancha… ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo… ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues… ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara… hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba… ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso…, un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia… maldije… juré… Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto… más alto… más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían… y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces… otra vez… escuchen… más fuerte… más fuerte… más fuerte… más fuerte!
—¡Basta ya de fingir, malvados! —aullé—. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí… ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
*Traducción de Julio Cortázar.
EL COR DELATOR
És veritat! He estat i soc una persona molt, molt nerviosa, però per què dieu que soc boig? La malaltia m’ha aguditzat els sentits, no me’ls ha pas destrossat, ni disminuït. Per damunt de tot, se’m va afinar el sentit de l’oïda. Ho sentia tot del cel i de la terra. Sentia moltes coses de l’infern. Com pot ser, per tant, que sigui boig? Escolteu-me! I observeu el seny i la serenitat amb què us puc explicar tota la història.
És impossible precisar com la idea se’m va ficar al cap, però un cop se’m va haver ocorregut, m’obsessionava dia i nit. No hi havia cap motiu. No hi havia passió. Estimava aquell ancià. No m’havia enganyat mai. No m’havia insultat mai. El seu or no m’inspirava cap delit. Crec que era el seu ull! Sí, era això. Tenia un ull de voltor: un ull blau pàl·lid, amb un tel al damunt. Sempre que em mirava, se’m gelava la sang, i així, gradualment, molt gradualment, vaig prendre la decisió d’arrabassar-li la vida, a aquell ancià; per alliberar-me així del seu ull per sempre més.
Ara bé, aquesta és la qüestió: vosaltres creieu que soc boig. Els folls no saben res. Però m’hauríeu d’haver vist. Hauríeu d’haver vist amb quanta saviesa vaig procedir, amb quina cautela, amb quanta previsió i com fingia quan anava a treballar! No havia estat mai tan amable amb el vell com durant tota la setmana abans de matar-lo. I cada nit, al voltant de la mitjanit, girava el pany de la seva porta i l’obria… ai, amb tanta delicadesa! I llavors, quan l’obertura era suficient per passar-hi el cap, hi entrava una llanterna sorda, ben tancada, ben tancada, perquè no se n’escapés gens de llum, i esmunyia el cap endins. Ah, hauríeu esclafit a riure si haguéssiu vist amb quina astúcia introduïa el cap a l’habitació! El movia a poc a poc, molt, molt a poc a poc, per no destorbar el son del vell. Trigava una hora a passar tot el cap per l’obertura i poder veure’l ajagut sobre el llit. Ah! Hauria estat tan intel·ligent com això, un boig? I llavors, quan havia ficat tot el cap dins la cambra, destapava la llàntia cautelosament, ai, amb tanta cautela, tanta, perquè les frontisses espetegaven… La destapava just el mínim per tal que un sol raig prim de llum caigués sobre l’ull de voltor. I vaig fer això set nits molt llargues, sempre pels volts de la mitjanit, i sempre vaig trobar l’ull tancat, i per tant resultava impossible fer la feina, perquè no era pas l’ancià qui em vexava, sinó el seu ull feréstec. Cada matí, quan trencava l’alba, entrava enèrgicament a la cambra i li parlava amb ànims, dient-li pel nom en to cordial, i li preguntava com havia passat la nit. Així que ja podeu comprendre que sens dubte hauria d’haver estat un vell molt savi, per sospitar que durant la nit, al pic de les dotze, l’espiava mentre dormia. La vuitena nit vaig prendre més precaucions que de costum en obrir la porta. La minutera d’un rellotge es mou més de pressa del que ho feia la meva mà. Fins a aquella nit, mai no havia percebut l’abast dels meus poders, de la meva sagacitat. Ben just si podia reprimir els meus sentiments de triomf. Pensar que em trobava justament allà, obrint la porta de mica en mica, i que ell ni tan sols hauria pogut somiar els meus actes o pensaments secrets… Vaig esclafir una rialleta sonora entre dents per aquella idea, i potser em va sentir, ja que tot d’una es va regirar al llit, com si s’hagués sobresaltat. Potser ara pensareu que em vaig fer enrere, però no. La seva habitació era negra com el carbó enmig d’aquella obscuritat impenetrable (atès que els porticons estaven tancats del tot, per por dels lladres), i per això sabia que el vell no podia veure que la porta era entreoberta, i vaig continuar empenyent-la amb gest ferm, ferm.
Ja tenia el cap a dins, i estava a punt d’obrir la llàntia, quan amb el polze vaig tocar la balda de llautó, i el vell va fer un bot sobre el llit, cridant:
—Qui hi ha aquí?
Em vaig quedar immòbil i no vaig dir res. Em vaig passar una hora sense moure un múscul, i mentrestant no vaig sentir que es tornés a estirar. Encara estava assegut al llit, escoltant; tal com havia fet jo, nit rere nit, escoltant els rellotges de la mort de la paret.
Al final vaig sentir un gemec lleu, i vaig saber que era el gemec d’un terror mortal. No era una queixa de dolor ni de pena (ah, no!), era la remor greu i sufocada que emergeix del fons de l’ànima quan la por l’aclapara. El coneixia bé, aquell so. Moltes nits, al punt de la mitjanit, quan tothom dormia, havia sorgit del meu pit, aprofundint amb el seu eco espantós els terrors que m’assetjaven. Sabia què sentia el vell i em feia llàstima, tot i que el meu cor reia en to sarcàstic. Sabia que estava estirat però despert des del primer sorollet, quan s’havia tombat al llit. Els seus temors havien augmentat des d’aleshores. S’havia esforçat per creure que eren imaginacions sense fonament, però no ho havia aconseguit. S’havia dit: «Només és el vent a la xemeneia… només és un ratolí creuant el terra», o bé: «No és més que un grill que ha carrisquejat un cop». Sí, havia intentat consolar-se amb aquestes suposicions, però s’havia adonat que tot era inútil. Tot era en va, perquè la mort, en acostar-s’hi, havia projectat la seva ombra negra damunt seu, i havia embolcallat la víctima. Era la influència lúgubre de l’ombra que no percebia el que havia provocat que sentís (tot i que no veia ni oïa res), que sentís la presència del meu cap dins el dormitori.
Quan ja m’havia esperat molta estona, amb molta paciència, sense sentir que s’estirés, vaig decidir obrir la llàntia una mica… una escletxa molt, molt petita. Així que la vaig obrir (no us podeu imaginar amb quin sigil), fins que al final un raig tènue, com el fil de l’aranya, va sortir per l’escletxa i va anar a parar sobre l’ull del voltor.
Era obert, obert de bat a bat, i em vaig enfurismar mentre l’observava. El veia amb una claredat perfecta: tot sencer d’un blau mat, amb un vel fastigós al damunt que m’esglaiava fins al moll de l’os, però no vaig poder veure res més ni de la cara ni de la resta del vell, ja que per instint havia dirigit el raig precisament sobre aquell lloc maleït.
¿I no us he dit que això que erròniament interpreteu com a demència és una hipersensibilitat dels sentits? Doncs us dic que aleshores em va arribar a l’orella una remor greu, apagada, ràpida, com la que fa un rellotge embolicat en cotó. Aquell so també el coneixia molt bé. Era el batec del cor de l’ancià. Em va exacerbar la ràbia, com el repic d’un tambor estimula el coratge del soldat.
Però fins i tot aleshores em vaig contenir i vaig romandre immòbil. Ben just si respirava. Sostenia la llàntia sense moure-la. M’esforçava tant com podia per mantenir el raig de llum sobre l’ull entelat. Mentrestant, el batec infernal del cor va augmentar. Cada vegada sonava més i més de pressa, i més i més fort. El terror del vell devia ser extrem! Sonava més fort, dic, cada vegada més fort! Recordeu bé que us he dit que soc de tarannà nerviós: ho soc. I ara, en plena nit, enmig del silenci esgarrifós d’aquella casa vella, un soroll tan extravagant com aquell em va alterar amb un terror incontrolable.
Amb tot, em vaig contenir i vaig romandre immòbil uns quants minuts més. Però el batec era més fort, cada cop més fort! Em pensava que li explotaria el cor. I llavors em va tenallar una ansietat nova: algun veí sentiria aquell retruny! Al vell li havia arribat l’hora! Amb un crit estrident, vaig obrir la llàntia i vaig saltar dins l’habitació. Va xisclar una vegada, una i prou. Al cap d’un instant, el vaig empènyer a terra i vaig arrossegar aquell llit pesant per tirar-l’hi al damunt. Llavors vaig somriure ben content en veure que, fins al moment, tot rutllava bé. Però, durant molts minuts, el cor del vell va seguir bategant amb un so somort. Això, tanmateix, no m’impacientava, perquè a través de la paret no se sentiria. Al final va cessar. El vell havia mort. Vaig apartar el llit i vaig examinar el cos. Sí, estava mort i ben mort. Vaig posar-li una mà sobre el cor i l’hi vaig deixar una bona estona. No hi havia pols. Estava completament mort. El seu ull ja no em turmentaria més.
Si encara creieu que soc boig, ja no ho pensareu quan us descrigui les sàvies precaucions que vaig prendre per a l’ocultament del cadàver. La nit s’aprimava i vaig treballar amb diligència, si bé en silenci. Primer de tot, vaig desmembrar el cadàver. Li vaig tallar el cap i els braços i les cames.
Vaig treure tres planxes del terra de fusta de la cambra, i ho vaig dipositar tot entre els suports. Després vaig tornar a posar les planxes amb tanta intel·ligència, tanta astúcia, que cap ull humà (ni tan sols el seu) no hi hauria notat res de fora de lloc. No s’havia de fregar res, ni una taca de cap mena enlloc; de sang tampoc. Havia estat molt curós. Una banyera s’ho havia empassat tot, ha, ha!
Quan vaig haver enllestit aquestes tasques eren les quatre: fosc encara com a mitjanit. Quan la campana repicava l’hora, vaig sentir un truc a la porta del carrer. Vaig baixar a obrir amb despreocupació: què havia de témer, ara? Van entrar tres homes que es van presentar, amb una delicadesa absoluta, com a agents de policia. Aquella nit, un veí havia sentit un xiscle que li havia fet tenir sospites d’un acte criminal; havia traslladat la informació a la comissaria de policia i a ells tres (els agents) els havien assignat la inspecció d’aquella casa.
Vaig somriure: què havia de témer? Vaig donar la benvinguda als cavallers. El crit, vaig aclarir, havia estat meu, durant un malson. El vell, vaig comentar, havia anat al camp. Vaig acompanyar els visitants per tota la casa. Els vaig convidar a escorcollar-la, a escorcollar-la a fons. Al final, els vaig conduir fins a la cambra de l’ancià. Els vaig mostrar els seus tresors, segurs, intactes. En ple entusiasme de confiança, vaig portar cadires a l’habitació, i els vaig convidar a reposar dels seus fatics, mentre jo, pel meu compte, per l’audàcia folla del meu triomf perfecte, vaig situar el meu seient just damunt del lloc on reposava el cos de la víctima.
Els agents van quedar satisfets. El meu comportament els havia convençut. Jo em sentia especialment tranquil. Es van quedar asseguts, i mentre jo responia alegrement, ells xerraven d’assumptes rutinaris. Però, al cap de poc, em vaig adonar que empal·lidia i que desitjava que se n’anessin. Tenia mal de cap i m’imaginava un dring a l’oïda, però ells continuaven xerrant allà i asseguts. El brunzit es va perfilar: continuava i era més precís. Parlava amb més llibertat per treure’m aquella sensació de sobre, però prosseguia i guanyava definició… fins que, finalment, vaig descobrir que el sorollet no era només a les meves oïdes.
És clar que havia empal·lidit de mala manera! Però parlava més de pressa i amb veu més forta. El so, malgrat tot, augmentava… I què hi podia fer jo? Era una remor greu, somorta, ràpida… molt semblant a la que fa un rellotge embolicat en cotó. Vaig boquejar per agafar aire, i a pesar de tot els agents encara no l’havien sentit. Jo parlava més de pressa i amb més vehemència, però el so augmentava de manera constant. Em vaig aixecar i vaig començar a discursejar sobre trivialitats, en to agut i gesticulant enèrgicament, però aquell soroll creixia constant. Per què no se n’anaven? Em passejava endavant i enrere amb gambades feixugues, com si els comentaris dels tres homes m’haguessin enfurismat… I el soroll augmentava constant. Ai, Déu! Què podia fer, jo? Escumejava, delirava, renegava! Vaig girar la cadira on seia, i va fregar sobre les planxes de fusta, però el soroll sorgia de pertot i creixia contínuament. Més fort, més fort, més fort! I aquells homes encara xerrotejaven en to amistós, somrient. Era possible que no ho sentissin? Déu totpoderós! No, no: ho sentien! Sospitaven! Ho sabien! Es burlaven del meu horror! Això vaig pensar, i encara ho penso. Però qualsevol cosa era preferible a aquella agonia! Qualsevol cosa seria més suportable que aquella mofa! No podia resistir més aquells somriures hipòcrites! Tenia la impressió que, si no xisclava, moriria! I ara… altre cop! Escolteu! Més fort! Més fort! Més fort! Més fort!
—Prou, miserables! —vaig bramar—. No fingiu més! Admeto els fets! Arranqueu les fustes! Aquí, aquí…! És el batec del seu cor repugnant!
*De Contes foscos, editorial Comanegra, seleccionats i prologats per Víctor Garcia Tur i traduïts per Jordi Cussà i Anna Camps.
The Tell-Tale Heart
True! — nervous — very, very dreadfully nervous I had been and am; but why will you say that I am mad? The disease had sharpened my senses — not destroyed — not dulled them. Above all was the sense of hearing acute. I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell. How, then, am I mad? Hearken! and observe how healthily — how calmly I can tell you the whole story.
It is impossible to say how first the idea entered my brain; but once conceived, it haunted me day and night. Object there was none. Passion there was none. I loved the old man. He had never wronged me. He had never given me insult. For his gold I had no desire. I think it was his eye! yes, it was this! One of his eyes resembled that of a vulture — a pale blue eye, with a film over it. Whenever it fell upon me, my blood ran cold; and so by degrees — very gradually — I made up my mind to take the life of the old man, and thus rid myself of the eye forever.
Now this is the point. You fancy me mad. Madmen know nothing. But you should have seen me. You should have seen how wisely I proceeded — with what caution — with what foresight — with what dissimulation I went to work! I was never kinder to the old man than during the whole week before I killed him. And every night, about midnight, I turned the latch of his door and opened it — oh, so gently! And then, when I had made an opening sufficient for my head, I put in a dark lantern, all closed, closed, so that no light shone out, and then I thrust in my head. Oh, you would have laughed to see how cunningly I thrust it in! I moved it slowly — very, very slowly, so that I might not disturb the old man’s sleep. It took me an hour to place my whole head within the opening so far that I could see him as he lay upon his bed. Ha! — would a madman have been so wise as this? And then, when my head was well in the room, I undid the lantern cautiously — oh, so cautiously — cautiously (for the hinges creaked) — I undid it just so much that a single thin ray fell upon the vulture eye. And this I did for seven long nights — every night just at midnight — but I found the eye always closed; and so it was impossible to do the work; for it was not the old man who vexed me, but his Evil Eye. And every morning, when the day broke, I went boldly into the chamber, and spoke courageously to him, calling him by name in a hearty tone, and inquiring how he had passed the night. So you see he would have been a very profound old man, indeed, to suspect that every night, just at twelve, I looked in upon him while he slept.
Upon the eighth night I was more than usually cautious in opening the door. A watch’s minute hand moves more quickly than did mine. Never before that night had I felt the extent of my own powers — of my sagacity. I could scarcely contain my feelings of triumph. To think that there I was, opening the door, little by little, and he not even to dream of my secret deeds or thoughts. I fairly chuckled at the idea; and perhaps he heard me; for he moved on the bed suddenly, as if startled. Now you may think that I drew back — but no. His room was as black as pitch with the thick darkness, (for the shutters were close fastened, through fear of robbers,) and so I knew that he could not see the opening of the door, and I kept pushing it on steadily, steadily.
I had my head in, and was about to open the lantern, when my thumb slipped upon the tin fastening, and the old man sprang up in the bed, crying out — “Who’s there?”
I kept quite still and said nothing. For a whole hour I did not move a muscle, and in the meantime I did not hear him lie down. He was still sitting up in the bed listening; — just as I have done, night after night, hearkening to the death watches in the wall.
Presently I heard a slight groan, and I knew it was the groan of mortal terror. It was not a groan of pain or of grief — oh, no! — it was the low stifled sound that arises from the bottom of the soul when overcharged with awe. I knew the sound well. Many a night, just at midnight, when all the world slept, it has welled up from my own bosom, deepening, with its dreadful echo, the terrors that distracted me. I say I knew it well. I knew what the old man felt, and pitied him, although I chuckled at heart. I knew that he had been lying awake ever since the first slight noise, when he had turned in the bed. His fears had been ever since growing upon him. He had been trying to fancy them causeless, but could not. He had been saying to himself — “It is nothing but the wind in the chimney — it is only a mouse crossing the floor,” or “it is merely a cricket which has made a single chirp.” Yes, he has been trying to comfort himself with these suppositions: but he had found all in vain. All in vain; because Death, in approaching him had stalked with his black shadow before him, and enveloped the victim. And it was the mournful influence of the unperceived shadow that caused him to feel — although he neither saw nor heard — to feel the presence of my head within the room.
When I had waited a long time, very patiently, without hearing him lie down, I resolved to open a little — a very, very little crevice in the lantern. So I opened it — you cannot imagine how stealthily, stealthily — until, at length a single dim ray, like the thread of the spider, shot from out the crevice and fell upon the vulture eye.
It was open — wide, wide open — and I grew furious as I gazed upon it. I saw it with perfect distinctness — all a dull blue, with a hideous veil over it that chilled the very marrow in my bones; but I could see nothing else of the old man’s face or person: for I had directed the ray as if by instinct, precisely upon the damned spot.
And now have I not told you that what you mistake for madness is but over acuteness of the senses? — now, I say, there came to my ears a low, dull, quick sound, such as a watch makes when enveloped in cotton. I knew that sound well, too. It was the beating of the old man’s heart. It increased my fury, as the beating of a drum stimulates the soldier into courage.
But even yet I refrained and kept still. I scarcely breathed. I held the lantern motionless. I tried how steadily I could maintain the ray upon the eye. Meantime the hellish tattoo of the heart increased. It grew quicker and quicker, and louder and louder every instant. The old man’s terror must have been extreme! It grew louder, I say, louder every moment! — do you mark me well? I have told you that I am nervous: so I am. And now at the dead hour of the night, amid the dreadful silence of that old house, so strange a noise as this excited me to uncontrollable terror. Yet, for some minutes longer I refrained and stood still. But the beating grew louder, louder! I thought the heart must burst. And now a new anxiety seized me — the sound would be heard by a neighbor! The old man’s hour had come! With a loud yell, I threw open the lantern and leaped into the room. He shrieked once — once only. In an instant I dragged him to the floor, and pulled the heavy bed over him. I then smiled gaily, to find the deed so far done. But, for many minutes, the heart beat on with a muffled sound. This, however, did not vex me; it would not be heard through the wall. At length it ceased. The old man was dead. I removed the bed and examined the corpse. Yes, he was stone, stone dead. I placed my hand upon the heart and held it there many minutes. There was no pulsation. He was stone dead. His eye would trouble me no more.
If still you think me mad, you will think so no longer when I describe the wise precautions I took for the concealment of the body. The night waned, and I worked hastily, but in silence. First of all I dismembered the corpse. I cut off the head and the arms and the legs.
I then took up three planks from the flooring of the chamber, and deposited all between the scantlings. I then replaced the boards so cleverly, so cunningly, that no human eye — not even his — could have detected any thing wrong. There was nothing to wash out — no stain of any kind — no blood-spot whatever. I had been too wary for that. A tub had caught all — ha! ha!
When I had made an end of these labors, it was four o ‘clock — still dark as midnight. As the bell sounded the hour, there came a knocking at the street door. I went down to open it with a light heart, — for what had I now to fear? There entered three men, who introduced themselves, with perfect suavity, as officers of the police. A shriek had been heard by a neighbor during the night; suspicion of foul play had been aroused; information had been lodged at the police office, and they (the officers) had been deputed to search the premises.
I smiled, — for what had I to fear? I bade the gentlemen welcome. The shriek, I said, was my own in a dream. The old man, I mentioned, was absent in the country. I took my visitors all over the house. I bade them search — search well. I led them, at length, to his chamber. I showed them his treasures, secure, undisturbed. In the enthusiasm of my confidence, I brought chairs into the room, and desired them here to rest from their fatigues, while I myself, in the wild audacity of my perfect triumph, placed my own seat upon the very spot beneath which reposed the corpse of the victim.
The officers were satisfied. My manner had convinced them. I was singularly at ease. They sat, and while I answered cheerily, they chatted of familiar things. But, ere long, I felt myself getting pale and wished them gone. My head ached, and I fancied a ringing in my ears: but still they sat and still chatted. The ringing became more distinct: — it continued and became more distinct: I talked more freely to get rid of the feeling: but it continued and gained definitiveness — until, at length, I found that the noise was not within my ears.
No doubt I now grew very pale; — but I talked more fluently, and with a heightened voice. Yet the sound increased — and what could I do? It was a low, dull, quick sound — much such a sound as a watch makes when enveloped in cotton. I gasped for breath — and yet the officers heard it not. I talked more quickly — more vehemently; but the noise steadily increased. I arose and argued about trifles, in a high key and with violent gesticulations; but the noise steadily increased. Why would they not be gone? I paced the floor to and fro with heavy strides, as if excited to fury by the observations of the men — but the noise steadily increased. Oh God! what could I do? I foamed — I raved — I swore! I swung the chair upon which I had been sitting, and grated it upon the boards, but the noise arose over all and continually increased. It grew louder — louder — louder! And still the men chatted pleasantly, and smiled. Was it possible they heard not? Almighty God! — no, no! They heard! — they suspected! — they knew! — they were making a mockery of my horror! — this I thought, and this I think. But anything was better than this agony! Anything was more tolerable than this derision! I could bear those hypocritical smiles no longer! I felt that I must scream or die! — and now — again! — hark! louder! louder! louder! louder! —
“Villains!” I shrieked, “dissemble no more! I admit the deed! — tear up the planks! — here, here! — it is the beating of his hideous heart!”