Skip to main content

En el club de lectura de la Biblioteca de Maó, este curso leeremos y comentaremos uno de los cuentos más cortos del escritor y profesor estadounidense David Foster Wallace (1962 – 2008, Estados Unidos). Este relato, «Encarnaciones de niños quemados», en torno al cual nos reuniremos el lunes 16 de marzo, fue publicado por primera vez en noviembre del 2000 en la revista Esquire, y con sus poco más de mil palabras, queda en la memoria de quien lo lee para siempre (el horror dentro de una estructura perfecta).

El autor lo incluyó en su tercer y último volumen de cuentos, Oblivion: Stories (2004), publicado en su traducción al castellano con el título de Extinción. Después de esta publicación presentó su último libro de crónicas, Hablemos de langostas (2005) y dejó su obra más o menos ordenada antes de morir por suicidio a los 46 años. El rey pálido vería la luz póstumamente en 2011, aunque la novela que lo consagró y de la que se podría seguir hablando sin fin, añadiendo pies de página, es La broma infinita (1996).

Para amantes de los cuentos, os recomiendo La niña del pelo raro (1989), más posmoderno que casi todos los posmodernos y posmodernas que llegaron después en pos de no sé qué.

Copio aquí este cuento sin puntos y aparte, y más abajo lo copio también en su inglés original.

Tomad aire antes de empezar.

 

 

Encarnaciones de niños quemados

David Foster Wallace

 

El Padre estaba a un lado de la casa poniendo una puerta para el inquilino cuando oyó los chillidos del niño y la voz alterada de la Madre entre los mismos. Pudo moverse deprisa, y el porche trasero daba a la cocina, y antes de que la puerta mosquitera se cerrara de un golpe a su espalda el Padre pudo contemplar toda la escena, la olla volcada en la baldosa del suelo que quedaba justo delante de la cocina y la llama azul del fogón y el charco de agua en el suelo todavía humeando mientras sus muchos brazos se extendían, el bebé con el pañal holgado de pie y rígido mientras le salía vapor del pelo y del pecho y los hombros de color rojo intenso y los ojos en blanco y la boca muy abierta y dando la sensación de estar de alguna manera separada de los ruidos que estaba emitiendo, la Madre apoyada en una rodilla intentando secarlo absurdamente con el trapo de fregar los platos y soltando gritos tan fuertes como los de su hijo, tan histérica que estaba casi paralizada. La rodilla de ella y los piececitos descalzos y suaves seguían en el charco humeante, y lo primero que hizo el Padre fue coger al niño por las axilas y levantarlo del charco y llevarlo al fregadero, donde tiró varios platos y accionó el grifo de un golpe para que corriera agua fría por los pies del niño mientras con la mano ahuecada recogía agua y se la derramaba o bien se la arrojaba sobre la cabeza y los hombros y el pecho, con el objeto de que antes que nada dejara de salirle vapor, y la Madre detrás de su espalda invocando a Dios hasta que él la mandó por toallas y vendas si es que tenían, el padre moviéndose deprisa y bien y con su mente masculina vacía de todo salvo aquello que estaba haciendo, sin darse cuenta todavía de la ligereza con que se estaba moviendo o del hecho de que había dejado de oír los chillidos porque oírlos lo paralizaría y le impediría hacer lo que hacía falta hacer para ayudar a su hijo, cuyos gritos eran tan regulares como la respiración y tardaron tanto en apagarse que acabaron por convertirse en una cosa más de las que había en la cocina, algo más que eludir para moverse con presteza. La puerta trasera para el inquilino, fuera, colgaba a medio atornillar de su bisagra superior y el viento la movía un poco, y un pájaro posado en el roble del otro lado de la entrada para coches parecía observar la puerta con la cabeza inclinada mientras seguían saliendo gritos del interior. Las peores quemaduras parecían estar en el brazo y el hombro derechos, el color rojo del pecho y la barriga se fue volviendo rosado bajo el agua fría y el Padre no podía ver ampollas en las suelas suaves de sus pies, a pesar de lo cual el bebé todavía tenía los puños cerrados y chillaba, aunque tal vez ahora de forma puramente refleja y por miedo, el Padre no sabría hasta más tarde que había pensado en aquella posibilidad, con la carita dilatada y venas nudosas abultándole en las sienes, y el Padre no paraba de decir que estaba allí, que estaba allí, a medida que le bajaba la adrenalina y que una furia hacia la Madre por permitir que pasara aquello empezaba a acumularse de forma intermitente en el fondo más recóndito de su mente, todavía a horas de distancia de ser expresada. Cuando la Madre regresó él no estuvo seguro de si envolver o no al niño con una toalla pero acabó por mojar la toalla y envolverlo, lo lió bien fuerte y levantó a su bebé del fregadero y lo puso en el borde de la mesa de la cocina para tranquilizarlo mientras la madre intentaba examinarle las plantas de los pies, agitando una mano en las inmediaciones de su boca y emitiendo palabras absurdas mientras el Padre se inclinaba y ponía la cara delante de la del niño sentado en el borde a cuadros de la mesa repitiendo el hecho de que estaba allí y tratando de calmar los chillidos del niño, pero el niño seguía gritando sin aliento, con un sonido agudo, puro y brillante que podía pararle el corazón y con los labios y las encías granulosas ahora teñidas del color azul claro de una llama baja o eso le pareció al Padre, gritando casi como si siguiera debajo de la olla inclinada y sufriendo el mismo dolor. Así pasaron un minuto o dos que parecieron mucho más largos, con la Madre al lado del Padre hablando en tono cantarín a la cara del niño y la alondra en la rama con la cabeza inclinada a un lado y una línea blanca apareciendo en la bisagra como resultado del peso de la puerta inclinada hasta que la primera voluta de vapor apareció perezosamente desde debajo del borde de la toalla y los padres intercambiaron una mirada y abrieron mucho los ojos: el pañal, que cuando abrieron la toalla e inclinaron a su niño hacia atrás sobre el mantel a cuadros y desabrocharon las lengüetas reblandecidas e intentaron quitarlo se resistió un poco provocando más chillidos y resultó estar caliente, el pañal de su bebé les quemó las manos y vieron dónde había caído realmente el agua y dónde se había acumulado y había estado quemando a su bebé todo aquel tiempo mientras él gritaba pidiendo ayuda y ellos no lo habían ayudado, no se les había ocurrido, y cuando se lo quitaron y vieron el estado de lo que había allí la Madre dijo el nombre propio de su Dios y se agarró a la mesa para no perder el equilibrio mientras el padre se daba la vuelta y le pegaba un puñetazo al aire de la cocina y se maldecía a sí mismo y también al mundo y no por última vez, y ahora su hijo podría haber estado dormido si no fuera por el ritmo de su respiración y por los ligeros movimientos acongojados de sus manos en el aire de encima del sitio donde estaba tumbado, unas manos del tamaño del pulgar de un hombre adulto que habían agarrado el pulgar del Padre en la cuna mientras el niño miraba cómo la boca del padre se movía al cantar una canción, con la cabeza inclinada y dando la impresión de mirar algo situado más allá, algo que hacía sentirse solo a su Padre, como apartado. Si nunca han llorado ustedes y quieren llorar, tengan un hijo. «Break your heart inside and something will a child» es la canción gangosa que el Padre vuelve a oír casi como si la mujer de la radio estuviera allí a su lado mirando lo que han hecho, aunque horas más tarde lo que el Padre menos podrá perdonarse es lo mucho que quería un cigarrillo justo mientras estaban envolviendo la entrepierna del niño lo mejor que podían con vendas y con dos toallas de mano cruzadas, después el Padre lo levantó en brazos como si fuera un recién nacido, cogiéndole el cráneo con la palma de la mano, se lo llevó corriendo a la camioneta recalentada y quemó los neumáticos hasta llegar al pueblo y a la sala de urgencias del hospital dejando la puerta del inquilino abierta y colgando durante el día entero hasta que la bisagra cedió, pero para entonces ya era demasiado tarde, para cuando la cosa fue irreversible y ellos no llegaron a tiempo el niño ya había aprendido a salir de sí mismo y ver cómo sucedía todo lo demás desde un punto en lo alto, y lo que fuera que se perdió entonces nunca más volvió a importar, y el cuerpo del niño se expandió y echó a caminar y ganó un sueldo y vivió su vida sin inquilino, una cosa entre cosas, y el alma de su yo fue en gran medida vapor en lo alto, que caía como la lluvia y luego se elevaba, y el sol subía y bajaba como un yoyó.

 

*De Extinción (Debolsillo, 2009). Traducción de Javier Calvo.

 

 

 

 

 

 

Incarnations of Burned Children

By David Foster Wallace

 

The Daddy was around the side of the house hanging a door for the tenant when he heard the child’s screams and the Mommy’s voice gone high between them. He could move fast, and the back porch gave onto the kitchen, and before the screen door had banged shut behind him the Daddy had taken the scene in whole, the overturned pot on the floortile before the stove and the burner’s blue jet and the floor’s pool of water still steaming as its many arms extended, the toddler in his baggy diaper standing rigid with steam coming off his hair and his chest and shoulders scarlet and his eyes rolled up and mouth open very wide and seeming somehow separate from the sounds that issued, the Mommy down on one knee with the dishrag dabbing pointlessly at him and matching the screams with cries of her own, hysterical so she was almost frozen. Her one knee and the bare little soft feet were still in the steaming pool, and the Daddy’s first act was to take the child under the arms and lift him away from it and take him to the sink, where he threw out plates and struck the tap to let cold wellwater run over the boy’s feet while with his cupped hand he gathered and poured or flung more cold water over his head and shoulders and chest, wanting first to see the steam stop coming off him, the Mommy over his shoulder invoking God until he sent her for towels and gauze if they had it, the Daddy moving quickly and well and his man’s mind empty of everything but purpose, not yet aware of how smoothly he moved or that he’d ceased to hear the high screams because to hear them would freeze him and make impossible what had to be done to help his child, whose screams were regular as breath and went on so long they’d become already a thing in the kitchen, something else to move quickly around. The tenant side’s door outside hung half off its top hinge and moved slightly in the wind, and a bird in the oak across the driveway appeared to observe the door with a cocked head as the cries still came from inside. The worst scalds seemed to be the right arm and shoulder, the chest and stomach’s red was fading to pink under the cold water and his feet’s soft soles weren’t blistered that the Daddy could see, but the toddler still made little fists and screamed except now merely on reflex from fear the Daddy would know he thought possible later, small face distended and thready veins standing out at the temples and the Daddy kept saying he was here he was here, adrenaline ebbing and an anger at the Mommy for allowing this thing to happen just starting to gather in wisps at his mind’s extreme rear still hours from expression. When the Mommy returned he wasn’t sure whether to wrap the child in a towel or not but he wet the towel down and did, swaddled him tight and lifted his baby out of the sink and set him on the kitchen table’s edge to soothe him while the Mommy tried to check the feet’s soles with one hand waving around in the area of her mouth and uttering objectless words while the Daddy bent in and was face to face with the child on the table’s checkered edge repeating the fact that he was here and trying to calm the toddler’s cries but still the child breathlessly screamed, a high pure shining sound that could stop his heart and his bitty lips and gums now tinged with the light blue of a low flame the Daddy thought, screaming as if almost still under the tilted pot in pain. A minute, two like this that seemed much longer, with the Mommy at the Daddy’s side talking sing-song at the child’s face and the lark on the limb with its head to the side and the hinge going white in a line from the weight of the canted door until the first wisp of steam came lazy from under the wrapped towel’s hem and the parents’ eyes met and widened–the diaper, which when they opened the towel and leaned their little boy back on the checkered cloth and unfastened the softened tabs and tried to remove it resisted slightly with new high cries and was hot, their baby’s diaper burned their hand and they saw where the real water’d fallen and pooled and been burning their baby all this time while he screamed for them to help him and they hadn’t, hadn’t thought and when they got it off and saw the state of what was there the Mommy said their God’s first name and grabbed the table to keep her feet while the father turned away and threw a haymaker at the air of the kitchen and cursed both himself and the world for not the last time while his child might now have been sleeping if not for the rate of his breathing and the tiny stricken motions of his hands in the air above where he lay, hands the size of a grown man’s thumb that had clutched the Daddy’s thumb in the crib while he’d watched the Daddy’s mouth move in song, his head cocked and seeming to see way past him into something his eyes made the Daddy lonesome for in a strange vague way. If you’ve never wept and want to, have a child. Break your heart inside and something will a child is the twangy song the Daddy hears again as if the lady was almost there with him looking down at what they’ve done, though hours later what the Daddy won’t most forgive is how badly he wanted a cigarette right then as they diapered the child as best they could in gauze and two crossed handtowels and the Daddy lifted him like a newborn with his skull in one palm and ran him out to the hot truck and burned custom rubber all the way to town and the clinic’s ER with the tenant’s door hanging open like that all day until the hinge gave but by then it was too late, when it wouldn’t stop and they couldn’t make it the child had learned to leave himself and watch the whole rest unfold from a point overhead, and whatever was lost never thenceforth mattered, and the child’s body expanded and walked about and drew pay and lived its life untenanted, a thing among things, its self’s soul so much vapor aloft, falling as rain and then rising, the sun up and down like a yoyo.

 

*Oblivion: Stories, 2004. *Esquire.

 

 

 

 

Leave a Reply